jueves, 24 de enero de 2008
Juntitos, juntitos
Religiosamente, todos los días, la buscaba con la mirada y se le acercaba. Si mi mamá estaba sentada se le paraba a su lado, si estaba parada se colocaba atrás de ella, si ella se corría, el también. Era una especie de guardaespaldas en celo.
Cansada mi madre de aguantar cada mañana el acoso del fulano, un día en que el colectivo estaba repleto, decidió entrar en acción.
Mamá: (en voz alta) Señor, se puede correr, que lo tengo encima mio!
Señor: (furioso, a los gritos) Pero estas pendejas calentonas, uno va a trabajar y estas pendejas que se piensan que uno las quiere apoyar!!!! No ves que el colectivo esta lleno nena??!!!
M: (muy nerviosa) Pero no... usted... todos los días...
S: (interrumpiéndola) Todos los días voy a laburar nena!!!! Estas loca??? Eh? eh?
Mi mamá, 40 años después relata ese momento de esta forma: Me quería morir, yo era tan chica, tan tarada, no supe que decir. Era como estar en una pesadilla, pero no me despertaba. Veía los ojos acusadores de todos sobre mi, SOBRE MI, que era la víctima. Escuchaba los murmullos que me culpaban de desubicada, de loquita. No aguante más, con los ojos llenos de lágrimas me bajé.
Ese día, al volver a su casa, comentó con mis abuelos lo sucedido esa mañana.
Mi abuelo se desquició, le dijo que la iba a acompañar él mismo al trabajo al día siguiente y que ahí mismo, en el colectivo "ese tipo iba a ver, se le iban a ir las ganas de joder con su hija".
Mi abuela, mucho más calmada, esperó que su hija termine de llorar y su marido de gritar. Ahí mismo se paró y buscó algo en un cajón.
Miró a mi mamá y le dijo: Tu papá no te puede acompañar, ya sos grande y tenés que aprender a defenderte.
Le entregó lo que tenía en sus manos y agregó: Vos vas a saber cuando usarlo.
Así mi mamá, la mañana siguiente, salió de su casa al trabajo. Tomó el colectivo, se sentó y esperó que el hombre suba. Pero él no subió. Ni subió el día siguiente, ni el otro... ni el otro.
Sin embargo, cada mañana, mi abuela le recordaba que no olvide de llevar "eso" y mi mamá, obedecía.
Habían pasado varios días. Mi mamá viajaba sentada en un colectivo que comenzaba a llenarse. Él subió, la buscó con la mirada y se acercó.
Sobre ésto mi mamá me narró: No podía ponerse justo delante mío, porque no había lugar. Pero estaba muy cerca, yo lo observaba y había que ver como el desgraciado se arrimaba cada vez que alguien se corría un poco. El tipo estaba totalmente atento a todos los movimientos de la gente, se deslizaba por entre los huecos con tal habilidad... Al rato, ya lo tenía delante mió.
Entonces, ella sacó del bolsillo de su campera el objeto que mi abuela le había dado, poniéndose en guardia.
Él no tardó en "hacer lo suyo". Pero al hacerlo, algo se interpuso entre su cuerpo y el de mi madre.
Se escuchó un grito. Corto, pero intenso.
Mi mamá levantó la mirada y le sonrió, triunfante, al tipo.
La aguja de cocer lana había hecho su trabajo.
Nunca más lo volvió a ver.
lunes, 21 de enero de 2008
Amores locos
Muy cerca de la casa de mi tía, existía un kiosco del que ella no era cliente. El motivo es simple: ella respeta la ley, pide que lo demás también lo hagan.
El negocio vendía alcohol a menores y fuera del horario establecido según la normativa vigente, lo que ocasionaba serios trastornos para los vecinos del barrio, cansados de ver a los borrachos apostados por todas las esquinas.
Cierta noche, mi tía se encontró sin su amado vicio y decidió salir en busca de él. El único kiosco abierto era el de "la boliviana". Así que allá se dirigió, por primera vez, contra todos sus principios, motivada únicamente por el placer que el humo del tabaco encendido le provocaba.
Pidió su Marlboro Box y pagó. Pero al revisar el vuelto observó que faltaban 30 centavos. Le hizo el comentario a la dueña del local, quien contestó:
- Yo lo cobro así.
Mi tía dice que en ese momento se le desencajó la cara, le hervió la sangre.
- No lo podés cobrar lo que se antoja, el precio está establecido- contestó.
La kiosquera, sacándole el paquete de la mano y estirándo en la otra los 5 pesos con que mi tía había realizado la transacción le dijo: - A mi me conviene venderlos sueltitos.
Luisa no podía creer lo que pasaba. Volvió a su casa y en un rapto de demencia pasó 2 horas revisando cajones, armarios, carteras, en busca de algún tesoro perdido. Nada.
Extenuada, física y mentalmente, se durmió.
Dice que soñó que tenía un cigarrillo en la boca pero no podía pitar. No le salía.
Se levantó indignada, enfurecida, desquiciada, ansiosa. Salió, compró cigarrillos y recién ahí pudo aclarar las ideas.
Fue a la comisaría, a Defensa del consumidor, juntó firmas y consiguió que el kiosco sea cerrado. Oficialmente, por no respetar las normas de la venta de alcohol en Capital Federal.
El día en que el local bajó las persianas para siempre, Luisa observó con placer la situación desde la vereda de enfrente. La mirada de la boliviana y la de ella se cruzaron en un momento. Luisa encendió un cigarrillo, se acercó a su enemiga y le dijo: Ésto en Argentina, no se puede vender sueltito.
martes, 15 de enero de 2008
Todo esta guardado en la memoria

viernes, 11 de enero de 2008
Demencia senil

miércoles, 9 de enero de 2008
Adivina quién llama

domingo, 6 de enero de 2008
Lectura rápida

En una oportunidad, descargó todo su potencial contra dos chicos. Uno de ellos, un gordito que seseaba sin parar y el otro, un ermitaño, tímido y callado.
La clase giraba en torno al tema "mosquitos" y el gordito estaba distraído. Entonces nuestra querida profesora, enfurecida por la falta de atención, lo obligó (a pesar de las súplicas de mi compañero) a hacer "como sí" fuera uno. Así que batiendo las alas (los brazos) y reproduciendo el zzzzzzzzz (que al gordo le salía bárbaro) se lo pudo ver dando vueltas por el aula ante la risa descomunal del resto de nosotros.
Quiso el destino, que ese mismo día, mi ermitaño compañero se coma un moco. Sí, eso mismo. Y quiso también el destino, que la profesora lo vea y lo bautice "chan chan", acompañando el apodo con el gesto de llevarse algo desde la nariz hasta la boca.
No recuerdo el nombre ni el apellido de ninguno de estos dos chicos, a pesar de que fueron mis compañeros hasta quinto año. Es que desde ese día pasaron a ser: Mosqui y Chan chan.
Estando en quinto año, nuestra ex profesora de biología, se convirtió en nuestra profesora de Educación para la Salud. Como el zorro, había perdido algunos pelos, pero no las mañas. Seguía siendo haragana, desganada, incompetente como docente. Aunque, quizás porque ya no éramos tan chicos, no era burlona.
Recuerdo que no tomaba evaluaciones, pedía trabajos prácticos y monografías. Las que estábamos seguros que no leía. Aprobaba a todos y nadie se quejaba.
Pero Chan chan y Mosqui guardaban un gran rencor en su interior. Así fue, que en una de las monografías, que hicieron juntos, se tomaron el trabajo de escribir en cada página una frase incoherente como "yo lo prefiero con dulce de leche" o "cada vez que me baño se tapa el caño".
La monografía fue aprobada y no hubo ningún comentario de por medio.
Mis compañeros se fueron derecho a la dirección, con las pruebas en la mano.
Dicen que nunca más esta profesora pidió una monografía, no estaba dispuesta a volver a dar sus disculpas públicamente ante un grupo de adolecentes rencorosos.
Y dicen que Mosqui y Chan chan, a partir de esa hazaña, lograron recuperar sus nombres originales.
jueves, 3 de enero de 2008
Manipulación festiva

¡Un saludo! Papá Noel Jo Jo Jooooo...