
Las mujeres de antes soportaban mil cosas que las actuales no tolerarían ni un solo segundo.
Mi bis abuela no fue la excepción.
Se casó en la primer década del siglo XX y, como muchas otras, pasó su vida criando hijos, retorciéndole el cogote a gallinas para hacer pucheros, usando planchas de hierro a carbón, lavando a mano.
Como muchas otras, bajó la cabeza mas de una vez ante un tono de voz elevado de su marido, calló su boca cuando el gastaba en "burros" el sueldo de la semana. Y cuando él no volvió a dormir una, dos o diez noches, no pidió explicaciones.
Las mujeres de antes eran fuertes, pero también eran débiles. Una contrariedad.
Pasados sus 70 años, se despertó una noche. Inquieta, prendió la luz. Y ahí, ante sus ojos incrédulos, parado frente a la cama, estaba su marido (el de los gritos, el de los burros, el de las noches de ausencia).
Él la miró y le dijo: - Tengo el balde y el cuchillo, ahora que la sangre corra.
Ella no habló. Cuál fiera enjaulada durante cincuenta años que acaba de conocer su libertad, saltó furiosa sobre él y le arrebató balde y cuchillo.
Y además lo golpeó y lo internó en un gerátrico por demencia senil. Y además fue feliz.